Sustentado en el reciente anuncio del Gobierno nacional
sobre el destino de COP$500.000 millones para la construcción y mantenimiento
de las vías terciarias del país, no puedo decir cosa distinta que ¡aleluya!
Y no es hipócrita o pretenciosa tal exclamación, pues he
tenido la gracia y desgracia de recorrer no pocas de estas vías en diferentes
lugares de Colombia, si bien, de manera alevosa, gozándolas como buen
aficionado a los recorridos “fuera del camino” en vehículos 4x4, siendo también
testigo de las calamidades cernidas sobre las poblaciones que dependen de este
tipo de carreteras.
Trataré de explicar mi punto a partir de algunas
experiencias “in situ” (no son todas las vividas) que describen perfectamente cuán
ominoso puede llegar a ser no tener una vía de comunicación terciaria en buen
estado, o aunque sea, transitable.
En una oportunidad, viajando entre Nilo y Silvania
(Cundinamarca) por la antigua ruta hacia Melgar, ya entrada la noche, un grupo
de personas me detuvo. Por supuesto, en aquel entonces (año 2000), pensé lo peor,
lo cual, por fortuna no fue. Se trataba de un grupo de campesinos, (aproximadamente
10) los cuales se dirigían hacia Tibacuy y el transporte interveredal, por
causas asociadas al mal estado de la vía, ese día no prestó su servicio. Yo iba
en una camioneta con un platón de estacas en el cual, luego de solicitar mi
ayuda, se subieron y los llevé.
En otra ocasión, entre Venecia y Arbeláez (Cundinamarca) y por
un hundimiento en la vía colindante con un abismo, un bus escalera no pudo
pasar y sus ocupantes no contaban con ningún otro medio para llegar a su
destino. Yo iba solo y al hacerlo en un vehículo más angosto que el bus, pasé y
llevé a un grupo de personas.
Una vez, entre Ramiriquí y Rondón (Boyacá), me desplazaba por
una vía terciaria en un automóvil convencional, a unos 7 u 8 Km. de la carretera
de doble calzada que conecta a Bogotá con Tunja. En determinado tramo, quedé enterrado sin fórmula alguna de poder desatascar el carro, salvo por la ayuda del gentil
y servicial campesino boyacense, sin el cual no hubiese podido seguir mi
camino.
Cierto día, entre Casablanca y Falan, por la ruta de
Palocabildo (Tolima), un señor llevaba unos terneros en una “brasilera” (Dodge
300 Mod. 1964), y debido al fuerte invierno de ese entonces, la vía era más
barro que vía. Por supuesto, el camión quedó enterrado, sus terneros estresados,
y el riesgo latente de perder mucho dinero si no lograba ubicarlos en la feria
de Falan. Quienes estuvimos, y como pudimos, sacamos a ese camión del barro y
al señor del lodo.
Viajando entre La Estrella y Samaná (Caldas), y debido al
mal estado de la vía, vi cómo un pequeño furgón que transportaba productos lácteos
quedó encunetado (dícese del arte de caer en una cuneta). Al no haber otra
alternativa, el conductor tuvo que pagar un rubro extra al de otro vehículo cuyo
dueño accedió a recibir su carga y transportarla hacia su destino.
Quise conocer el mirador de Cerro Maco en San Jacinto
Bolívar; un sitio teóricamente turístico, el cual, también en teoría, cuenta
con un carreteable hasta cierto punto. Pues tal punto resultó inasequible a
pesar de ir montado en una Cherokee Renegade 4x4 estrenando llantas.
El camión de un señor que llevaba 49 cantinas de leche entre Yacopí y Nimaima
(Cundinamarca), quedó enterrado en un tramo particularmente deteriorado de esta
vía. Ese día fui recompensado con cuatro libras del mejor queso campesino, gracias
al winche de mi campero con el cual pudimos corregir el rumbo de su vehículo.
Haciendo un inventario de fauna (aves) en una de las veredas
anexas a la cuchilla de San Antonio, (Puerto Salgar-Cundinamarca), conocí la
tragedia de una mujer joven que no pudo concluir su educación básica, pues las
instalaciones donde podía continuar con su bachillerato quedaban a no más de
11Km. de su casa, pero dicha distancia se hacía eterna, ya que las condiciones de
la vía impedían el paso de cualquier vehículo que no contara con doble
transmisión, por ende, la incertidumbre de poder llegar siempre a tiempo la
hizo desistir.
Lo anterior, por citar lo menos, es tan solo una breve
exposición de los serios inconvenientes que acarrean no concebir un sistema de
vías terciarias transitables. Es innegable que esta responsabilidad recae sobre
los alcaldes de los municipios por donde estas pasen, así como la ineptitud,
politiquería y comportamiento rapaz de la mayoría de estos políticos de
provincia, los cuales, salvo algunas excepciones, poco o nada les interesa el
bienestar de sus vecinos.
Una vía terciaria, es primaria para el mediano y pequeño
productor, pues de algún modo debe sacar su cosecha o beneficio hacia los centros de acopio
donde los nefastos intermediarios (cosa de otro tema) y distribuidores pueden
disponerlo en los grandes camiones que circulan por las carreteras 3 y 4G que
al parecer, y siendo ciertamente absurdo, no conforman un sistema integrado con
las vías terciarias del país.
Es primaria para el niño que va a la escuela, para la señora
que visita a los parientes, para la autoridad que visita el territorio, para
llevar los postes que soportarían los cables para conducir la electricidad
hasta la vereda más remota, para transportar los trabajadores que instalan las
tuberías de un acueducto, para los técnicos que disponen de una red de
comunicación que conecte la vereda más lejana con el mundo; es primaria para
todo profesional, sociólogo, médico, ingeniero, antropólogo, biólogo, abogado,
economista, agrónomo, veterinario, en fin, para unir a la gente con la gente.
Una vía puede parecer algo trivial si se mira tan solo como un
trazado producto de una rama de la ingeniería civil, pero el aspecto más
trivial, a veces, es tan importante como el razonamiento de una sola persona, y
dijo Galileo: “En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millar no es
superior al humilde razonamiento de una sola persona”.