lunes, 14 de octubre de 2019

Ojo al copetón...



El gorrión copetón (Zonotrichia capensis), o simplemente copetón, como se le conoce en la ciudad de Bogotá y otras poblaciones en Colombia, es un ave paseriforme de la familia Emberizidae, bastante común en la Sabana de Bogotá y su casco urbano y reconocida como el ave emblemática por excelencia de la capital.

A partir de años recientes, tres o cuatro a lo sumo, se ha generalizado un diálogo alrededor la su inminente desaparición, con un bermellón punzó de alarma más intenso en la ciudad de Bogotá, el cual carece, en términos generales, de sustento sólido.

Se habla a menudo que la “extinción” de esta especie obedece a la invasión de la Mirla patinaranja, (Turdus fuscater) la cual resulta ser un depredador voraz e inmisericorde de sus huevos y pichones, y que en buena parte debido a esto, dicha villana ha prosperado y ahora “es plaga”.

Ojo a la extinción…

La extinción consiste en la desaparición de todos los miembros de una determinada especie. Esto ocurre cuando muere el último de sus individuos, por tal cosa no puede reproducirse y dar lugar a una nueva generación y por ende desaparece.

Etimológicamente, la palabra extinción, proviene  del latín “exstinctionis”, que es fruto de la suma de tres partes claramente delimitadas: el prefijo “ex”, que significa “hacia fuera”; el verbo “stingere”, que puede traducirse como “estimular”; y el sufijo “-tio”, que es equivalente a “acción”.

El riesgo de extinción se refiere a la probabilidad de que una especie animal o vegetal desaparezca.

Ojo a la ciudad…

En pro de obtener una serie de datos que me permitieran entender si en efecto el copetón está seriamente amenazado en la ciudad de Bogotá, me permití realizar durante seis días no consecutivos distribuidos en los meses de agosto, septiembre y octubre, una serie de recorridos tomando como unidad de muestreo el Canal Río Molinos, registrando la avifauna allí presente.

Dichos recorridos iniciaron a las 6:00Am y terminaron a las 9:00Am, anotando tanto la riqueza como las abundancias, aclaro, relativas, de la comunidad a lo largo de 2.8Km. desde la Carrera Séptima hasta la Autopista norte.  

Por supuesto, en función de proporciones, el área total recorrida (32Km2) corresponde tan solo al 1.8 % del área total de perímetro metropolitano de Bogotá, el cual es de 1775Km2.

No obstante, el Canal Río Molinos es uno de los pocos corredores biológicos por donde la avifauna puede transitar desde los cerros orientales hacia el interior de la ciudad. Está inmerso en una matriz netamente urbana, y puede considerarse como una estructura eminentemente artificial, pero provista de cierta cobertura vegetal que permitiría definir un entorno “mixto” de concreto y árboles más representativo en términos del paisaje.

El resultado de dichos recorridos se traduce en una comunidad de aves compuesta por 34 especies de las cuales 11 son migratorias boreales (de norte) distribuidas en 15 familias.

La especie más numerosa fue el copetón con una abundancia promedio de 20 individuos, seguido de la mirla patinaranja con 17, la torcaza (Zenaida auriculata) con 16 y el colibrí chillón (Colibri coruscans) con 11 (Tabla 1.)*


Tabla 1. Comunidad de aves registrada en el Canal Río Molinos entre los meses de agosto-octubre de 2019.

Especie
Nombre común
  Ab.  Relativa
Media
Zonotrichia capensis
Copetón
118
20
Turdus fuscater
Mirla patinaranja
102
17
Zenaida auriculata
Torcaza
97
16
Colibri coruscans
Colibrí chillón
68
11
Diglossa humeralis
Carbonero
64
11
Orochelidon murina
Golondrina ahumada
39
7
Molotrhus bonariensis
Chamón
43
Vireo olivaceus**
Verderón oliva
23
Columba livia
Paloma doméstica
20
Mecocerculus leucoprhys
Atrapamoscas gorguiblanco
17
Tyrannus melancholicus
Sirirí
16
3
Troglodytes aedon
Cucarachero
14
Spinus psaltria
Chisga capanegra
14
Icterus chrysater
Toche
11
Conirostrum rufum
Picocono rufo
10
Contopus virens**
Piwí oriental
10
Piranga rubra**
Tangara veranera o abejera
8
Thraupis episcopus
Azulejo
6
Forpus conspiscillatus
Lorito de anteojos
5
Sturnella magna
Chirlobirlo
3
Piranga olivacea**
Tangara escarlata
3
Setophaga fusca**
Reinita gorguinaranja
3
Empidonax virescens**
Atrapamoscas verdoso
3
Elaenia frantzii
Elaenia montañera
2
Catharus ustulatus**
Mirla buchipecosa
2
Sayornis nigricans
Atrapamoscas de torrentes
2
Setophaga petechia**
Reinita amarilla
2
Rupornis magnirostris
Gavilán caminero
2
Geothlypis philadelphia**
Reinita de Filadelfia
2
Thraupis palmarum
Vederón palmero
1
Mimus gilvus
Sinsonte
1
Diglossa lafresnayii
Carbonero lustroso
1
Contopus sordidulus**
Piwí occidental
1
Setophaga ruticilla**
Candelita norteña
1
(**) Migratoria boreal


               *La media solo fue estimada para aquellas especies registradas en todos los eventos de muestreo.


Retomando una salvedad expuesta anteriormente, es cierto que la unidad de muestreo podría no ser significativa en términos de área, no obstante, sí permite construir conclusiones y definir réplicas en otros entornos y con un número mayor de repeticiones.

Un estudio realizado por los ornitólogos F. Gary Stiles, Loreta Rosselli y Susana De La Zerda, publicado en "Frontiers in Ecology and Evolution" en 2017 y titulado Changes over 26 Years in the Avifauna of the Bogotá Region, Colombia: Has Climate Change Become Important? reporta una disminución de las abundancias del copetón, e igualmente de la mirla patinaranja, asociadas a diversos factores, incluso aquellos ligados a la poca continuidad o falta de exploración en ciertos sectores de la ciudad. 

Igualmente sugiere que dichas fluctuaciones pueden deberse a movimientos e intercambios entre zonas en las cuales estas poblaciones solían ser más abundantes, sin que necesariamente los tamaños poblacionales se vean amenazados.

De hecho, este trabajo tan siquiera insinúa un riesgo de extinción, aunque sí expone una serie de advertencias y causas que podrían afectar, no solo a estas dos especies, sino a muchas otras.

A partir de los resultados discutidos en el trabajo mencionado, también se exponen unos cambios en los tamaños poblacionales de las mirlas, ergo, ¿cómo se explica entonces que uno de los parámetros que estarían determinando la extinción del copetón, esté asociado a su voracidad y talante canalla, cuando ambas poblaciones muestran los mismos cambios?

Ojo al oído…Ojo al ojo…

Uno de los argumentos más socorridos a la hora de inferir la inminente desaparición del copetón bogotano, se basa en el hecho de que “ya casi no se oye”. Se ha establecido parcialmente que la frecuencia de su canto deriva de su actividad reproductiva, es decir, suele cantar más cuando está definiendo su territorio en función de buscar pareja y lugar de nidación.

Este proceso puede manifestarse durante todo el año, pero también se ha determinado que puede haber picos en temporadas más definidas localmente. Se ha registrado evidencia de reproducción entre marzo y septiembre en la Sierra Nevada de Santa Marta, mayo y junio en la Serranía del Perijá y en la cordillera Occidental en el Valle del Cauca todo el año.

Así mismo, hay cierta evidencia de movimientos altitudinales e incluso pequeños eventos migratorios latitudinales o longitudinales que podrían suponer una disminución de su densidad en Bogotá en determinadas épocas del año. Casos similares se presentan en el Colibrí chillón y las chisgas (Spinus psaltria y S. spinescens).

Es decir, la posibilidad de que este pajarito no se escuche con la misma frecuencia durante todo el año es latente y se puede prestar para generar ciertos sofismas. De hecho, durante el proceso de monitoreo llevado en el Canal Molinos, más del 90 % de los registros fueron visuales, y tal cosa se confirmó durante el último recorrido al cual fue invitado un grupo de personas inadvertidas el cual concluyó que el hecho de no oírlo no significa que no esté, simplemente hay que mirar con atención.

Es perfectamente claro que desconocer signos de cambio, no solo en este sino en cualquier aspecto de la vida, es imprudente, temerario e incluso irresponsable. No se debe menospreciar el hecho de su existencia y se debe determinar qué factor los puede estar generando, pero también es cierto que la activación de una alarma debe suponer un sustento sólido, al menos medianamente bien fundamentado, y libre de juicios subjetivos o carentes de evaluación.

El copetón es, sin duda, el ave insignia de Bogotá, forma parte de su patrimonio e interviene en la historia de vida de los ciudadanos de manera significativa; de forma tal, es importante atender cualquier asunto que sugiera un riesgo sobre su existencia y la intervención juiciosa y aplicada de la ciudadanía sería la base para formular con criterio la toma de decisiones.








jueves, 12 de septiembre de 2019

Sostenibilidad ambiental y obsolencia programada.



Benito Muros es un administrador de empresas de la Universidad de Barcelona y piloto de avión aficionado, quien afirma que la fabricación de productos sin obsolencia programada es posible.

Realmente su postulado no es nada nuevo; los fabricantes de electrodomésticos, muebles, vehículos, entre otras cosas, que trabajaron durante los años 20 y 70 del siglo pasado, basaron sus principios empresariales en la calidad óptima de sus productos. 

Uno de los “lemas” de la extinta Kaiser Co. (fabricante estadounidense de automóviles)  decía que el carro tendría que ser una extensión del hogar, de ahí su durabilidad, confiabilidad y calidad.

Por supuesto, una empresa basada en estos principios, morales claro está, debe sacrificar buena parte de la rentabilidad de sus operaciones en función de ofrecer un buen producto, puesto que: “si se demora en dañarse, menos ventas habrá”.

La tendencia actual y por supuesto incoherente como casi toda tendencia, se basa en comprar productos, teóricamente eficientes, cuyos costos de producción son bajos y su reemplazo es sencillo y barato. Por ejemplo, los electrodomésticos. Hasta hace unos 15 o 20 años era relativamente común que en no pocos barrios residenciales hubiere un comercio destinado a la reparación de los utensilios del hogar. 

Se reparaban televisores, neveras, planchas, licuadoras, batidoras, radios, etc., y dicho proceso garantizaba, no solo el sustento de una familia, sino que los tarros de la basura se llenaran menos de aquellos productos que hoy llamamos “desechables”.

Y sí, es cierto, es más barato comprar una licuadora, batidora, greca o televisores nuevos que mandar componerlos, no obstante; ¿vale la pena saturar de aquellos componentes poco reciclables los vertederos de basura? ¿Es concebible bajo dicho prisma tal impacto ambiental? ¿Tiene sentido que un aparato “viejo” que otrora fuese diseñado para durar 10, 15 y hasta 20 años, se reemplace con otro cuya duración, en el mejor de los casos, no supera tres o cuatro años generando más basura? ¿Es moralmente aceptable favorecer la mala calidad de un producto bajo premisas empresariales sustentadas únicamente en vender?

Tan incómodas resultaron las propuestas de Benito Muros, que ha recibido constantes quejas, demandas e incluso amenazas por el riesgo que correrían cientos de empresas fabricantes de productos de mala calidad, de llegar a ponerse de práctica el retorno a la manufactura de productos durables y fáciles de reparar.

Otra de las características de aquellos productos con obsolencia programada, se basa en un despliegue publicitario masivo y constante sustentado en la conservación del medio ambiente, siendo, en términos reales, los que eventualmente más deshechos generan.

Un ejemplo de lo anterior, es la tendenciosa y artificial ponderación de las bondades de los vehículos eléctricos; pongamos como ejemplo el Twizy, la versión de carriola eléctrica de Renault que se perfila como un vehículo “ambientalmente amigable”.

Dicho vehículo, el cual si bien no utiliza gasolina u otro combustible fósil, sí está conformado por aproximadamente un 60 % de productos derivados del petróleo, utiliza  baterías de iones de litio cuya durabilidad es cuestionable,  pues presentan casos de ignición e incendio repentino, sus celdas se degradan produciendo fluidos altamente contaminantes y nocivos para la salud humana, y hay poca promoción de su correcta disposición al finalizar su vida útil.   

Por otro lado, la calidad en la fabricación de dichas carrocerías, suspensiones, motores y sistemas, lo convierten en un automóvil inseguro, poco susceptible a ser reparado y cuya vida útil es muy limitada (inferior a cinco años en el mejor de los casos), haciendo de esta micromáquina un simple vehículo desechable saturando vertederos y cementerios de automóviles.

Continuando con ejemplos asociados a la industria automotriz, se ha visto como, incluso empresas de gran prestigio como Mercedes-Benz, han disminuido la calidad de sus vehículos reduciendo drásticamente su vida útil en función de incrementar ganancias basándose en la producción de automóviles más baratos (Clase A, para que la gente crea que va en un Mercedes) y material CKD, esto es, repuestos y refacciones de mala calidad para convertir a los usuarios en compradores habituales buscando alargar infructuosamente la vida útil de sus vehículos, mientras se generan toneladas de partes averiadas sin ningún uso o posibilidad de reparación, es decir, basura.

Quien se atreva a afirmar la existencia de algún tipo de actividad humana inocua para el medio ambiente, sin duda está mintiendo; hasta la tribu nómada más pequeña genera algún tipo de impacto. 

Lo que sí se puede lograr mediante la fabricación de productos de buena calidad, es la disminución que dicho impacto genera, y traigo a colación el funcionamiento de máquinas cuya fabricación data de 30 o 40 años y que aún son útiles, se pueden reparar e incluso hacerlas más eficientes con la adaptación de elementos modernos en su sistema (por ejemplo maquinaria pesada antigua repotenciada con motores más eficientes y de menor tasa de emisiones).

Es menester poner en práctica un sistema de responsabilidad ambiental que involucre al público y a las empresas, en donde las segundas puedan sacrificar parte de sus ganancias en función de disminuir la producción de desechos, y del consumidor controlando sus impulsos consumistas, adoptando posturas en las cuales lo importante de un producto es su función y el bien que representa más no el falso prestigio que da obtenerlo y ostentarlo.

Me atrevería a decir que el discurso de Benito Muros contribuye a que nuevamente las personas valoren lo que tienen bajo la premisa de poderlo mantener y cuidar, y que diversifiquen sus actividades en el noble acto de “cacharriar” sentándose con unas herramientas a reparar las máquinas que le facilitan la vida. Tal cosa podría contribuir a que en pro del cuidado de algo, se estimule el cuidado de todo, y por ende del planeta; no se puede apreciar o valorar algo desechable.





Plantas exóticas, no exóticas, nativas, no nativas…

Los procesos de restauración ecológica, diseño de jardines y planificación de zonas urbanas han sido objeto de debate en relación con la com...