sábado, 22 de febrero de 2025

MIL QUINIENTOS METROS DE BIODIVERSIDAD URBANA

Cuando se trata de ciudades y de recorrerlas, suele uno enfocarse en museos, restaurantes, plazas, avenidas, monumentos y, en general, en todo aquello que define la urbe.

Si bien desde hace ya bastantes años los elementos que conforman la biodiversidad de una ciudad han sido estudiados a partir de estructuras ecológicas, nodos de restauración, islas verdes, corredores biológicos, etc., aún una buena parte de la población, por ejemplo, en Bogotá, desconoce ese órgano urbano lleno de especies distintas a la humana.

Bogotá cuenta con unos 17 humedales que suman aproximadamente 900 hectáreas, unas 60 “áreas verdes” protegidas y 6.000 hectáreas de importancia hídrica, sin contar los cerros orientales y la localidad de Sumapaz, que alberga el páramo más grande del mundo. Estos enclaves son esenciales para la protección y persistencia de su biodiversidad.

Sin embargo, cuando se trata de salir una tarde a “caminar la ciudad” más allá de sus museos, restaurantes, plazas o avenidas, mil quinientos metros lineales en aproximadamente seis hectáreas de cobertura vegetal, en su mayoría nativa, podrían ser una muestra representativa de la biodiversidad que alberga una metrópoli como Bogotá.

Me centraré en esos metros del canal Río Molinos para hablar un poco de la diversidad que allí se puede encontrar. Entre las carreras Séptima y Quince, y ondeando entre las calles 106 y 112, se extiende aproximadamente el 30 % del área total de esta otrora quebrada completamente natural, que conecta los cerros orientales con el humedal Córdoba.

En este tramo pueden observarse cerca de 45 especies de aves que utilizan de forma permanente diversos elementos de esta estructura ecológica, como cucaracheros, toches, picoconos, carboneros, mirlas, golondrinas, colibríes, atrapamoscas, halcones, tángaras, palomas, chamones, búhos y reinitas. De manera ocasional, entre los meses de agosto y febrero —y a veces hasta mediados de marzo—, se suman unas 20 especies de aves migratorias boreales.

Estas aves pueden verse tanto en los árboles y arbustos que conforman la ronda del canal como en jardines, tejados, postes, alambres y otros elementos instalados por la comunidad, tales como pequeñas casitas para aves, perchas, huertas urbanas y áreas de compostaje.

Buscan su alimento entre las más de 200 especies de plantas representadas en árboles, arbustos, enredaderas y arvenses, que proveen semillas, bayas, néctar y bulbos no solo para las aves, sino también para una gran diversidad de insectos. Estos, a su vez, son consumidos por mamíferos y reptiles que habitan en la ronda del canal.

Si bien podría pensarse que la diversidad de mamíferos en este fragmento del canal se limita a ratas y ratones, la realidad ofrece una gama más variada. Se han reportado al menos cinco especies de murciélagos, entre ellas una migratoria. Asimismo, se han registrado comadrejas y ardillas, y en las zonas menos intervenidas de la ronda aún pueden encontrarse zorros, musarañas y chuchas o faras.

Lamentablemente, no se han reportado anfibios en sus aguas, aún no del todo potables. No obstante, cuatro especies de lagartos suelen habitar las hendiduras de los tocones de árboles caídos e incluso entre las placas de concreto que conforman el vaso del canal. Estas especies son el lagarto collarejo, el camaleón andino, la lisa rayada y la anadia bogotana; las dos últimas, además, endémicas del altiplano cundiboyacense. También se ha registrado una especie de serpiente: la “culebrita sabanera”.

Si se observa más de cerca, en cada corteza de los árboles se encuentra una diversidad de insectos, al menos los que se dejan ver: mariquitas, pulgones y escarabajos de al menos 15 géneros, que conviven o se devoran entre sí, estableciendo diferentes interacciones que permiten el flujo de la energía.

En términos generales, podría decirse que Bogotá se diferencia de muchas otras capitales del mundo en diversos aspectos. No obstante, su biota, además de diversa y exclusiva, muestra una persistencia y tenacidad admirables, especialmente por su capacidad de adaptarse a los vertiginosos y, muchas veces, contraproducentes cambios que implica el desarrollo de una urbe con las dimensiones y dinámicas y, por qué no, denotaciones y connotaciones de una ciudad como Bogotá.

Aunque un alto porcentaje de su población desconoce la composición de la biodiversidad que la rodea, en distintos sectores de la ciudad se han organizado grupos de observadores, monitores y descriptores que, de alguna manera, actúan como guardianes de este acervo natural. Estos grupos dedican buena parte de su tiempo no solo a recorrer las zonas que albergan esta riqueza, sino también a reclutar y organizar a la ciudadanía mediante labores de divulgación, además de motivar la intervención de entidades administrativas y de la esfera pública con miras a conservar este patrimonio.

Si bien el término “burgo” hace referencia a una ciudad pequeña, castillo o fortaleza surgida en la Edad Media como resultado de la necesidad de los señores feudales de defender sus territorios, creo que dicho concepto, despojado de ciertos atavismos, podría resurgir en un contexto contemporáneo. En este sentido, el burgo podría entenderse como el ímpetu ciudadano por proteger y defender su lugar de residencia en función de sus componentes naturales. Así, se pondrían en valor los aspectos que contrastan con los elementos más sórdidos de la ciudad —su bullicio, frivolidad, atmósferas insalubres y distracciones superficiales— y se convertiría una actividad “burguesa” en un ejercicio que alimente el espíritu mientras contribuye al conocimiento y conservación de la biodiversidad bogotana.

Endurecimientos blandos

 

Continuamente, y con cierta razón, se habla del “endurecimiento” de la Sabana de Bogotá, una afirmación que, en efecto, puede ser corroborada. La expansión de las fronteras urbanas ha permeado la otrora potrerizada Sabana, transformando su paisaje y, quizás, algunas de sus funciones ecológicas. Las capas de neblina matutina que antaño se extendían sobre los extensos potreros de kikuyo evocaban un entorno bucólico, asociado por costumbre a un paisaje centenario y al inicio de las labores agrícolas.

Sin embargo, esas praderas, al igual que el actual “endurecimiento” de la Sabana de Bogotá, son también el resultado de procesos de transformación de ecosistemas originales. No se trata únicamente de cambios ocurridos desde la época colonial, pues existen indicios de modificaciones ambientales previas, impulsadas por poblaciones indígenas. Un ejemplo de ello son los camellones de riego en los humedales y pantanos de la Sabana, técnicas agrícolas prehispánicas que comprendían intrincadas obras civiles con terraplenes elevados rodeados de canales de agua. Estos sistemas no solo garantizaban la humedad de los cultivos, sino que también proporcionaban nutrientes, estabilizaban la temperatura y facilitaban actividades de acuicultura. Es decir, la transformación del ecosistema natural no es un fenómeno reciente.

Pero volviendo a los potreros y praderas que tanto han marcado la identidad de los cachacos en los paseos dominicales, es frecuente escuchar con cierto desdén cómo esos vastos terrenos, antaño caracterizados por su escasa vegetación —más allá de algún árbol disperso o cercas vivas delimitando las dehesas—, han sido progresivamente sustituidos por condominios. La demanda de quienes buscan escapar del ruido y el frenesí de la ciudad ha impulsado un mercado inmobiliario que ofrece casas amplias y confortables en terrenos que antes pertenecieron a extensas haciendas ganaderas. La pérdida de rentabilidad de la producción lechera, agravada por los impuestos prediales, ha llevado a muchos herederos de estos hatos a vender sus tierras, facilitando la expansión de estos desarrollos urbanísticos.

Estos predios, por lo general, son loteados y catastralmente desenglobados, formando un mosaico de pequeñas parcelas que incrementan su valor por unidad de área. En promedio, los lotes no suelen superar los 1.000 m², con casas de hasta 300 m². Surge entonces la pregunta: ¿Qué ocurre con los 600 o 700 m² restantes no edificados? Durante años, la tendencia arquitectónica, influenciada por modelos europeos y norteamericanos, suponía praderas llanas y prístinas donde poder ver correr al perrito y por mucho un modesto jardincito para el placer o pretensión labrantina de damas podando sus rosales.

Actualmente, dicha moda parece no satisfacer el ojo o aspiraciones del residente y lo que actualmente vemos en varios de dichos condominios son bosques de vegetación nativa, algunos con árboles maduros, tales como el Aguacatillo, Alcaparro, Aliso, Amargo, Arrayán, Calabacillo, Calistemo, Cajeto, Canelo, Cariseco, Caucho, Cecropia, Cedro, Cheflera, Chuguacá, Chuque, Ciprés, Ciruelo, Cletra, Comino, Cordoncillo, Corono, Cruz de mayo, Cucharo, Divi divi de tierra fría, Encenillo, Espadillo, Espino, Eugenia, Falso pimiento, Feijoa, Gaque, Guayacán de Manizales, Hayuelo, Jazmín, Laurel de cera, Mano de oso, Mortiño, Mulato, Nogal, Ojo de perdiz, Papayuelo, Pegamosco, Pomarroso, Quina, Raques, Rodamonte, Roble, Romero de páramo, Romerón, Ruache, Salvio, Sangregao, Sauce, Sauco, Sietecueros, Tagua, Té de Bogotá, Tibar, Tuno roso, Uché, Yarumo, o Yuco, solo por mencionar a los árboles y arbustos, porque entre ellos crecen plantas tales como: Abutilón, Achicoria, Adelfa, Agracillo, Arete de inca, Arboloco, Azaleas, Borrachero, Brunfelsia, Capuchina, Cerraja, Chocho, Coralito, Dedaleras, Fucsia, Gaultheria, Geranio, Hierba doncella, Magnolia, Menta, Mermelada, Mirto, Noche buena, Pajarito, Pecosas, Reventadera, Salvia, Sanalotodo, Senecio, Tecomaria, Tilo, Trompeto, entre muchas otras, y no voy a nombrar a las más chiquitas o las que se enredan en las ramas de esos árboles y arbustos porque el listado superaría el mensaje.

Surge entonces la reflexión: ¿qué tan objetivas son las críticas sobre el “endurecimiento” de estos terrenos, que originalmente eran potreros casi yermos, con escasas funciones ecológicas y baja conectividad estructural? ¿Es realmente tan perjudicial un desarrollo urbano regulado en áreas que primero albergaron vegetación nativa y luego fueron destinadas a la agricultura? ¿Podría este tipo de urbanismo, al incrementar la diversidad florística nativa y generar un equilibrio entre infraestructura y parches de vegetación, contribuir a la conservación? ¿No podrían ciertos elementos urbanos proporcionar hábitat y recursos, como perchas, sitios de nidificación y fuentes de agua? ¿No valdría la pena aprovechar el creciente interés por la naturaleza y el conservacionismo para potenciar estos procesos en beneficio de la biodiversidad?

Para ilustrar este punto, se presentan dos imágenes de un mismo sector, mostrando los cambios en el uso del suelo durante los últimos 25 años. En la imagen del año 2000, posterior al loteo de una hacienda de la Sabana de Bogotá, se observa una transformación del hábitat original hacia un predominio de potreros. En contraste, en la imagen del año 2024, con el proyecto urbanístico concluido, se evidencia un enriquecimiento y protección de los parches de bosque originales, la consolidación de cercas vivas y el fortalecimiento de la conectividad funcional.

Imagen tomada en el año 2000 posterior a un loteo de una hacienda de la Sabana de Bogotá, donde se ve una transformación predominante del hábitat original en función de los potreros que definieron el uso de ese suelo. A. terreno destinado a un proyecto urbanístico. B y C terrenos de actividad agropecuaria permanente.

Imagen tomada en el año 2024 con el proyecto urbanístico concluido, mostrando enriquecimiento y protección de las estructuras de bosque originales. Se observa el establecimiento de cercas vivas, ensanchamiento de los parches de vegetación originales y favorecimiento de la conectividad funcional.  A. terreno destinado al proyecto urbanístico. B y C terrenos de actividad agropecuaria permanente.

 

Por supuesto, advirtiendo sobre la prevalencia de los extremos, la idea no consiste en promover la transformación de entornos naturales perturbados hacia modelos basados en artefactos, está claro que siempre se debe propender por la conservación de ecosistemas prístinos que contengan gran parte de su composición biológica original y bien estructurada.

Sin embargo, vale la pena observar con más detalle y menos prejuicio cierto tipo de actividades que si bien pudieren parecer nefastas por el simple hecho de que son seres humanos quienes las llevan a cabo, lo cierto es que también forman parte de las dinámicas de la naturaleza y es deber de la sociedad, más que estigmatizar cada respiro que hacemos porque el oxígeno parece que tampoco lo merecemos, analizar con más juicio y cabeza fría cómo pueden integrarse dichas dinámicas en pro de la conservación de la biodiversidad, con base en inventarios, monitoreos, análisis espacio temporales, procesos de restauración, educación ambiental, promoción de la ciencia ciudadana, participación comunitaria e integración entre diferentes disciplinas por encima del útil mecanismo de la prohibición. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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