Eso.
-Siempre se demora, ¿qué tanto hará después del trabajo? -
Dijo retirando los
dedos mientras la persiana se cerraba,
-no está bien que se arriesgue de ese modo y menos en una
ciudad tan peligrosa.-
Se retiró de la ventana lanzando un bufido celoso y pensó en
ir a dormir, no obstante, sabía que no lo lograría hasta cuando ella llegara.
En efecto, no habiendo pasado más de una hora, sintió un
automóvil detenerse, también algunas risas y la puerta metálica de aquel viejo
edificio abriéndose, era ella, reconocería esa risa incluso estando sordo. Sintió rabia, pero al mismo tiempo aquel
alivio del padre que espera a sus hijos cuando dicen llegar a las doce, pero
sólo hasta las tres se sienten llegar a casa, aún con los zapatos en la mano y
a hurtadillas.
-Siempre hace eso, llega cuando le da la gana, desconsiderada,
¿acaso cree que vive sola?-
A la mañana siguiente saliendo cada uno hacia su respectivo
trabajo, apenas le saludó, un simple gesto frío e inquisidor tan sólo para
hacerle notar su desagrado, ella lo miró, entendió su desaprobación, no obstante
respondió de la misma manera ese saludo y procedió a abordar un taxi.
Él la vio alejarse mientras susurraba,
-¿Pero qué o quién se cree?, ¿Ahora soy yo quien debe
tolerar su soberbia cuando es ella quien debe explicaciones? ¿Soy yo quien
lleva esa vida de inestabilidad y ligereza? ¿Acaso quién se cree?-
Esa noche bajó del taxi y vio una luz encendida, miró con
prudencia, apenas levantando la cabeza y lo vio de nuevo con esa mirada
inquisitiva, se sintió molesta pero hizo como si no se hubiese percatado, se
rió de nuevo y entró al viejo edificio.
-¿Quién se cree? ¿Acaso le debo algún tipo de explicación?
¿No soy lo suficientemente adulta cómo para hacer lo que me plazca? ¡Me tiene aburrida esa vigilancia!-
Cerró la puerta y se preparó para ir a dormir.
-“¿Quién se cree?”...-
En la mañana volvieron a cruzarse, no hubo siquiera un
saludo, tan sólo una mirada de reproche de parte y parte, ninguno dijo o hizo
algo pero no fue necesario, ambos sabían por qué.
Al llegar la noche ella se percató que el automóvil de él no
estaba en el garaje, -qué dicha-, pensó, -al parecer encontró una vida-. Subió
al apartamento y se preparó a dormir, más tarde al fin lo sintió llegar.
A la mañana siguiente no pudo contener más su reclamo y se
atrevió a preguntarle.
-¿Usted por qué
siempre me vigila por la ventana? Créame, su actitud es propia de un orate.-
-¿La vigilo? Tan sólo miro porque siempre me despierta
cuando llega, ¿acaso cree que vive sola?,
¿No podría al menos reír en voz baja
o hacer menos ruido?-
Esa respuesta, por algún motivo, le molestó, pero no cómo
ella pensaba.
- “¿Ah?, entonces le parece que hago mucho ruido, ¿no será
que el señor tiene tisis o algo así?-
-¡NO!, y ya que remite su reclamo asociado al respeto le
recuerdo que en medio de muy pocas palabras me dijo orate y tísico, ¿le parece
bien cuando lo único que hago es preocuparme?-
Dijo sintiendo más no pensando
-¿Ah sí, y qué le
preocupa?-
Pensó rápido y contestó:
-“que olvide cerrar
con doble giro la cerradura de la puerta, es que llega tan “eufórica y excitada”
que puede olvidarlo y eso nos perjudicaría a todos.-
Ella no dijo nada, hizo un gesto de desdén y sin nada más
que decir cada cual se dirigió a su trabajo.
Regresó a la ventana, sin encender la luz, para ver si ya
había llegado. Notó que descendió de un taxi, sin reír y a una hora decente,
vio que entró sin hacer ruido.
-¿qué le habrá pasado? se le ve preocupada.-
A la mañana siguiente, y en el pasillo de siempre, lo retó
de nuevo.
-¿Cree que no lo vi? Hasta siento su miradera, ¡encienda la luz, no sea
tímido!-
Él sintió vergüenza, sabía que esta vez ella tenía el sartén
por el mango, lo había sorprendido, pero ya no importaba, su vigilia constante
terminaría.
-No sé si vio o no vio algo, pero despreocúpese, a partir de
mañana desocupo ese apartamento, y me voy de aquí.-
-¡Pues me alegra!-
Al fin dejaría de ver esos ojos vigilantes, y más aún esa
mirada aparentemente paternal, esa actitud de atalaya, esa pose de gendarme
nocturno espiando sus movimientos, sus risas, sus compañías y su ruido, por fin
acabaría esa sensación de estar pendiente de una gárgola inánime aunque
respirase. No volvería a ver esa silueta inquieta sin razón o motivo alguno ni
esa mirada inquisidora y desafiante por las mañanas, al fin sería libre.
En efecto, al llegar la noche, notó ese apartamento vacío,
se sintió extraña, no obstante entró al suyo como siempre solía hacerlo, tardó
un poco en dormir y despertó más temprano que de costumbre.
Salió al pasillo, bajó las escaleras, salió a la calle y tomó un taxi. Se sintió extraña, pero no acertó a descifrar
tal sensación.
Su día fue diferente, tal vez un poco más largo que lo
habitual pero sin mayores novedades, salió de su oficina, tomó un taxi, llegó
al edificio y de nuevo no pudo contener el impulso de ver hacia esa ventana
ahora vacía, hubiera querido reír a carcajadas pero ya no tendría sentido. Entró a su apartamento, fue a dormir y tardó un poco más que la noche
anterior e igualmente despertó un poco antes que la mañana anterior.
-¿Qué ocurre?-, le preguntó su compañera de trabajo, desde
hace un par de días se te ve extraña.
-No ha de ser nada, quizá mucho trabajo ¡hasta mañana!-
Llegó al edificio, de nuevo esa ventana vacía, sintió
calofríos, también se encontró con una vecina a quien le llamó la atención su
expresión.
-¿Está todo bien, te ves un poco pálida?-
-¿AH?...sí..., sí, estoy bien, es sólo que… ¿no te parece tétrico un apartamento vacío?, ojalá lo ocupen
rápido.-
-Pues no había pensado en ello, pero puede ser, los
apartamentos fueron hechos para ser habitados, aunque el antiguo inquilino era
un poco extraño ¿no?-
-Sí, lo era, con tu
permiso, que pases buena noche.-
Entró al edificio, se cercioró de poner doble giro a la
cerradura, entró a su apartamento y fue a dormir, nuevamente tardó un poco más
que la noche anterior y así mismo despertó un poco antes, no preparó café y
apenas se maquilló, salió al pasillo, bajó rápido las escaleras caminó
rápidamente hacía la avenida y tomó un taxi.
-Hoy te ves fatal, querida, ¿líos amorosos?-
Dijo socarronamente su compañera de trabajo.
-No, no tengo ningún problema, tan sólo se me hizo tarde.-
Dijo secamente concluyendo la charla.
Salió un poco más tarde de su trabajo, por algún motivo no
sentía deseos de regresar a casa, tomó un taxi, y se dirigió a un centro
comercial.
-Quizás necesite ir de compras…-
Compró varias cosas, muchas no las necesitaba y ni siquiera
tardó mucho tiempo en escogerlas, no importaba si le gustaban o no, cedió al
gusto de las vendedoras. Salió a la calle tomó un taxi y fue a casa.
De nuevo, esa ventana vacía, sin vida alguna, sin gracia,
sin rutina, sin ojos, sin siluetas, sin movimiento, sin luz,…sin nada.
-Ahora, ¿qué sigue?
Entro a mi apartamento…me voy a la cama a dar y dar vueltas…no, menos
mal compré whisky.-
Entró, tiró las bolsas al piso, agitó los pies y sus zapatos
volaron, sacó la botella y se tumbó en el sillón, pensaba en poemas cursis, analogías sobre la
soledad y la extrañeza, sobre el vuelco
que dio su vida, sobre las metáforas
acerca de perder un control que nunca se tuvo; sobre control, ¿cuál
control?, pensaba en esa atosigante vigilancia, que, sin saber cuándo, se hizo
rutina, se hizo fundamental, que todo se volvió extraño sin necesidad que
siempre hubiera sido normal, que hay cosas extrañas que uno puede extrañar.