sábado, 22 de febrero de 2025

Endurecimientos blandos

 

Continuamente, y con cierta razón, se habla del “endurecimiento” de la Sabana de Bogotá, una afirmación que, en efecto, puede ser corroborada. La expansión de las fronteras urbanas ha permeado la otrora potrerizada Sabana, transformando su paisaje y, quizás, algunas de sus funciones ecológicas. Las capas de neblina matutina que antaño se extendían sobre los extensos potreros de kikuyo evocaban un entorno bucólico, asociado por costumbre a un paisaje centenario y al inicio de las labores agrícolas.

Sin embargo, esas praderas, al igual que el actual “endurecimiento” de la Sabana de Bogotá, son también el resultado de procesos de transformación de ecosistemas originales. No se trata únicamente de cambios ocurridos desde la época colonial, pues existen indicios de modificaciones ambientales previas, impulsadas por poblaciones indígenas. Un ejemplo de ello son los camellones de riego en los humedales y pantanos de la Sabana, técnicas agrícolas prehispánicas que comprendían intrincadas obras civiles con terraplenes elevados rodeados de canales de agua. Estos sistemas no solo garantizaban la humedad de los cultivos, sino que también proporcionaban nutrientes, estabilizaban la temperatura y facilitaban actividades de acuicultura. Es decir, la transformación del ecosistema natural no es un fenómeno reciente.

Pero volviendo a los potreros y praderas que tanto han marcado la identidad de los cachacos en los paseos dominicales, es frecuente escuchar con cierto desdén cómo esos vastos terrenos, antaño caracterizados por su escasa vegetación —más allá de algún árbol disperso o cercas vivas delimitando las dehesas—, han sido progresivamente sustituidos por condominios. La demanda de quienes buscan escapar del ruido y el frenesí de la ciudad ha impulsado un mercado inmobiliario que ofrece casas amplias y confortables en terrenos que antes pertenecieron a extensas haciendas ganaderas. La pérdida de rentabilidad de la producción lechera, agravada por los impuestos prediales, ha llevado a muchos herederos de estos hatos a vender sus tierras, facilitando la expansión de estos desarrollos urbanísticos.

Estos predios, por lo general, son loteados y catastralmente desenglobados, formando un mosaico de pequeñas parcelas que incrementan su valor por unidad de área. En promedio, los lotes no suelen superar los 1.000 m², con casas de hasta 300 m². Surge entonces la pregunta: ¿Qué ocurre con los 600 o 700 m² restantes no edificados? Durante años, la tendencia arquitectónica, influenciada por modelos europeos y norteamericanos, suponía praderas llanas y prístinas donde poder ver correr al perrito y por mucho un modesto jardincito para el placer o pretensión labrantina de damas podando sus rosales.

Actualmente, dicha moda parece no satisfacer el ojo o aspiraciones del residente y lo que actualmente vemos en varios de dichos condominios son bosques de vegetación nativa, algunos con árboles maduros, tales como el Aguacatillo, Alcaparro, Aliso, Amargo, Arrayán, Calabacillo, Calistemo, Cajeto, Canelo, Cariseco, Caucho, Cecropia, Cedro, Cheflera, Chuguacá, Chuque, Ciprés, Ciruelo, Cletra, Comino, Cordoncillo, Corono, Cruz de mayo, Cucharo, Divi divi de tierra fría, Encenillo, Espadillo, Espino, Eugenia, Falso pimiento, Feijoa, Gaque, Guayacán de Manizales, Hayuelo, Jazmín, Laurel de cera, Mano de oso, Mortiño, Mulato, Nogal, Ojo de perdiz, Papayuelo, Pegamosco, Pomarroso, Quina, Raques, Rodamonte, Roble, Romero de páramo, Romerón, Ruache, Salvio, Sangregao, Sauce, Sauco, Sietecueros, Tagua, Té de Bogotá, Tibar, Tuno roso, Uché, Yarumo, o Yuco, solo por mencionar a los árboles y arbustos, porque entre ellos crecen plantas tales como: Abutilón, Achicoria, Adelfa, Agracillo, Arete de inca, Arboloco, Azaleas, Borrachero, Brunfelsia, Capuchina, Cerraja, Chocho, Coralito, Dedaleras, Fucsia, Gaultheria, Geranio, Hierba doncella, Magnolia, Menta, Mermelada, Mirto, Noche buena, Pajarito, Pecosas, Reventadera, Salvia, Sanalotodo, Senecio, Tecomaria, Tilo, Trompeto, entre muchas otras, y no voy a nombrar a las más chiquitas o las que se enredan en las ramas de esos árboles y arbustos porque el listado superaría el mensaje.

Surge entonces la reflexión: ¿qué tan objetivas son las críticas sobre el “endurecimiento” de estos terrenos, que originalmente eran potreros casi yermos, con escasas funciones ecológicas y baja conectividad estructural? ¿Es realmente tan perjudicial un desarrollo urbano regulado en áreas que primero albergaron vegetación nativa y luego fueron destinadas a la agricultura? ¿Podría este tipo de urbanismo, al incrementar la diversidad florística nativa y generar un equilibrio entre infraestructura y parches de vegetación, contribuir a la conservación? ¿No podrían ciertos elementos urbanos proporcionar hábitat y recursos, como perchas, sitios de nidificación y fuentes de agua? ¿No valdría la pena aprovechar el creciente interés por la naturaleza y el conservacionismo para potenciar estos procesos en beneficio de la biodiversidad?

Para ilustrar este punto, se presentan dos imágenes de un mismo sector, mostrando los cambios en el uso del suelo durante los últimos 25 años. En la imagen del año 2000, posterior al loteo de una hacienda de la Sabana de Bogotá, se observa una transformación del hábitat original hacia un predominio de potreros. En contraste, en la imagen del año 2024, con el proyecto urbanístico concluido, se evidencia un enriquecimiento y protección de los parches de bosque originales, la consolidación de cercas vivas y el fortalecimiento de la conectividad funcional.

Imagen tomada en el año 2000 posterior a un loteo de una hacienda de la Sabana de Bogotá, donde se ve una transformación predominante del hábitat original en función de los potreros que definieron el uso de ese suelo. A. terreno destinado a un proyecto urbanístico. B y C terrenos de actividad agropecuaria permanente.

Imagen tomada en el año 2024 con el proyecto urbanístico concluido, mostrando enriquecimiento y protección de las estructuras de bosque originales. Se observa el establecimiento de cercas vivas, ensanchamiento de los parches de vegetación originales y favorecimiento de la conectividad funcional.  A. terreno destinado al proyecto urbanístico. B y C terrenos de actividad agropecuaria permanente.

 

Por supuesto, advirtiendo sobre la prevalencia de los extremos, la idea no consiste en promover la transformación de entornos naturales perturbados hacia modelos basados en artefactos, está claro que siempre se debe propender por la conservación de ecosistemas prístinos que contengan gran parte de su composición biológica original y bien estructurada.

Sin embargo, vale la pena observar con más detalle y menos prejuicio cierto tipo de actividades que si bien pudieren parecer nefastas por el simple hecho de que son seres humanos quienes las llevan a cabo, lo cierto es que también forman parte de las dinámicas de la naturaleza y es deber de la sociedad, más que estigmatizar cada respiro que hacemos porque el oxígeno parece que tampoco lo merecemos, analizar con más juicio y cabeza fría cómo pueden integrarse dichas dinámicas en pro de la conservación de la biodiversidad, con base en inventarios, monitoreos, análisis espacio temporales, procesos de restauración, educación ambiental, promoción de la ciencia ciudadana, participación comunitaria e integración entre diferentes disciplinas por encima del útil mecanismo de la prohibición. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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