Continuamente, y con cierta razón, se habla del “endurecimiento” de la
Sabana de Bogotá, una afirmación que, en efecto, puede ser corroborada. La
expansión de las fronteras urbanas ha permeado la otrora potrerizada Sabana,
transformando su paisaje y, quizás, algunas de sus funciones ecológicas. Las
capas de neblina matutina que antaño se extendían sobre los extensos potreros
de kikuyo evocaban un entorno bucólico, asociado por costumbre a un paisaje
centenario y al inicio de las labores agrícolas.
Sin embargo, esas praderas, al igual que el actual “endurecimiento” de la
Sabana de Bogotá, son también el resultado de procesos de transformación de
ecosistemas originales. No se trata únicamente de cambios ocurridos desde la
época colonial, pues existen indicios de modificaciones ambientales previas,
impulsadas por poblaciones indígenas. Un ejemplo de ello son los camellones de
riego en los humedales y pantanos de la Sabana, técnicas agrícolas
prehispánicas que comprendían intrincadas obras civiles con terraplenes
elevados rodeados de canales de agua. Estos sistemas no solo garantizaban la
humedad de los cultivos, sino que también proporcionaban nutrientes,
estabilizaban la temperatura y facilitaban actividades de acuicultura. Es
decir, la transformación del ecosistema natural no es un fenómeno reciente.
Pero volviendo a los potreros y praderas que tanto han marcado la identidad
de los cachacos en los paseos dominicales, es frecuente escuchar con cierto
desdén cómo esos vastos terrenos, antaño caracterizados por su escasa
vegetación —más allá de algún árbol disperso o cercas vivas delimitando las
dehesas—, han sido progresivamente sustituidos por condominios. La demanda de
quienes buscan escapar del ruido y el frenesí de la ciudad ha impulsado un
mercado inmobiliario que ofrece casas amplias y confortables en terrenos que
antes pertenecieron a extensas haciendas ganaderas. La pérdida de rentabilidad
de la producción lechera, agravada por los impuestos prediales, ha llevado a
muchos herederos de estos hatos a vender sus tierras, facilitando la expansión
de estos desarrollos urbanísticos.
Estos predios, por lo general, son loteados y catastralmente desenglobados,
formando un mosaico de pequeñas parcelas que incrementan su valor por unidad de
área. En promedio, los lotes no suelen superar los 1.000 m², con casas de hasta
300 m². Surge entonces la pregunta: ¿Qué ocurre con los 600 o 700 m² restantes
no edificados? Durante años, la tendencia arquitectónica, influenciada por
modelos europeos y norteamericanos, suponía praderas llanas y prístinas donde
poder ver correr al perrito y por mucho un modesto jardincito para el placer o
pretensión labrantina de damas podando sus rosales.
Actualmente, dicha moda parece no satisfacer el ojo o aspiraciones del
residente y lo que actualmente vemos en varios de dichos condominios son
bosques de vegetación nativa, algunos con árboles maduros, tales como el Aguacatillo,
Alcaparro, Aliso, Amargo, Arrayán, Calabacillo, Calistemo, Cajeto, Canelo,
Cariseco, Caucho, Cecropia, Cedro, Cheflera, Chuguacá, Chuque, Ciprés, Ciruelo,
Cletra, Comino, Cordoncillo, Corono, Cruz de mayo, Cucharo, Divi divi de tierra
fría, Encenillo, Espadillo, Espino, Eugenia, Falso pimiento, Feijoa, Gaque,
Guayacán de Manizales, Hayuelo, Jazmín, Laurel de cera, Mano de oso, Mortiño,
Mulato, Nogal, Ojo de perdiz, Papayuelo, Pegamosco, Pomarroso, Quina, Raques,
Rodamonte, Roble, Romero de páramo, Romerón, Ruache, Salvio, Sangregao, Sauce,
Sauco, Sietecueros, Tagua, Té de Bogotá, Tibar, Tuno roso, Uché, Yarumo, o Yuco,
solo por mencionar a los árboles y arbustos, porque entre ellos crecen plantas
tales como: Abutilón, Achicoria, Adelfa, Agracillo, Arete de inca, Arboloco,
Azaleas, Borrachero, Brunfelsia, Capuchina, Cerraja, Chocho, Coralito,
Dedaleras, Fucsia, Gaultheria, Geranio, Hierba doncella, Magnolia, Menta,
Mermelada, Mirto, Noche buena, Pajarito, Pecosas, Reventadera, Salvia,
Sanalotodo, Senecio, Tecomaria, Tilo, Trompeto, entre muchas otras, y no
voy a nombrar a las más chiquitas o las que se enredan en las ramas de esos
árboles y arbustos porque el listado superaría el mensaje.
Surge entonces la reflexión: ¿qué tan objetivas son las críticas sobre el
“endurecimiento” de estos terrenos, que originalmente eran potreros casi
yermos, con escasas funciones ecológicas y baja conectividad estructural? ¿Es
realmente tan perjudicial un desarrollo urbano regulado en áreas que primero
albergaron vegetación nativa y luego fueron destinadas a la agricultura?
¿Podría este tipo de urbanismo, al incrementar la diversidad florística nativa
y generar un equilibrio entre infraestructura y parches de vegetación,
contribuir a la conservación? ¿No podrían ciertos elementos urbanos
proporcionar hábitat y recursos, como perchas, sitios de nidificación y fuentes
de agua? ¿No valdría la pena aprovechar el creciente interés por la naturaleza
y el conservacionismo para potenciar estos procesos en beneficio de la
biodiversidad?
Para ilustrar este punto, se presentan dos imágenes de un mismo sector,
mostrando los cambios en el uso del suelo durante los últimos 25 años. En la
imagen del año 2000, posterior al loteo de una hacienda de la Sabana de Bogotá,
se observa una transformación del hábitat original hacia un predominio de
potreros. En contraste, en la imagen del año 2024, con el proyecto urbanístico
concluido, se evidencia un enriquecimiento y protección de los parches de
bosque originales, la consolidación de cercas vivas y el fortalecimiento de la
conectividad funcional.
Imagen tomada en el año 2000 posterior a un loteo de una hacienda de la
Sabana de Bogotá, donde se ve una transformación predominante del hábitat
original en función de los potreros que definieron el uso de ese suelo. A. terreno destinado a un proyecto urbanístico. B y C
terrenos de actividad agropecuaria permanente.
Imagen tomada en el año 2024 con el proyecto urbanístico concluido,
mostrando enriquecimiento y protección de las estructuras de bosque
originales. Se observa el establecimiento de cercas vivas, ensanchamiento de
los parches de vegetación originales y favorecimiento de la conectividad
funcional. A. terreno destinado al
proyecto urbanístico. B y C terrenos de actividad agropecuaria permanente.
Por supuesto, advirtiendo sobre la prevalencia de los extremos, la idea no
consiste en promover la transformación de entornos naturales perturbados hacia
modelos basados en artefactos, está claro que siempre se debe propender por la
conservación de ecosistemas prístinos que contengan gran parte de su
composición biológica original y bien estructurada.
Sin embargo, vale la pena observar con más detalle y menos prejuicio cierto
tipo de actividades que si bien pudieren parecer nefastas por el simple hecho
de que son seres humanos quienes las llevan a cabo, lo cierto es que también
forman parte de las dinámicas de la naturaleza y es deber de la sociedad, más
que estigmatizar cada respiro que hacemos porque el oxígeno parece que tampoco
lo merecemos, analizar con más juicio y cabeza fría cómo pueden integrarse
dichas dinámicas en pro de la conservación de la biodiversidad, con base en
inventarios, monitoreos, análisis espacio temporales, procesos de restauración,
educación ambiental, promoción de la ciencia ciudadana, participación
comunitaria e integración entre diferentes disciplinas por encima del útil
mecanismo de la prohibición.
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